Conocer tu intimidad

Conocer tu intimidad

Conocer tu intimidad

Si alguien nos pregunta algo personal, algo de lo que no queremos hablar, pensamos que está invadiendo nuestra intimidad. ¿Es posible que alguien no pueda mantener esa pequeña parcela a salvo? ¿De cuántos tipos hay? La intimidad, al igual que la subjetividad, se construye. Está hecha de recuerdos, deseos imposibles, sensaciones que otro nos produjo, sueños que intentamos alcanzar y un arsenal de materiales psíquicos que componen nuestra mente y nos caracteriza como humanos. Se trata, en fin, de una organización afectiva que contiene fragilidades y fortalezas.Algunos de los materiales que componen nuestro psiquismo los conocemos; otros pertenecen a nuestro inconsciente y tenemos noticia de ellos, por ejemplo, cuando nos sentimos desbordados por los afectos o cuando soñamos. La intimidad se organiza durante nuestra infancia y contiene todos los afectos que somos capaces de sentir. El bebé no la tiene, porque aún no sabe quién es. Posteriormente, el adolescente sale fuera de la familia y comienza a compartir lo más íntimo de sí con otros. Cuando ha hecho los ensayos suficientes para sentirse seguro, se puede comprometer con una pareja y organizar un proyecto vital con otra persona, lo que significa también compartir su intimidad, pues ésta guarda una relación intensa con la forma de vivir la sexualidad y por tanto toda la vida afectiva.Nuestro psiquismo interioriza la forma en que hemos aprendido a amar, pues alguien ?generalmente los padres? nos ha tenido que querer lo suficiente para dejarnos ir en busca de nuestra libertad. La construcción de la subjetividad no es fácil y está unida a la autonomía personal. Si en nuestro mundo interno habitan conflictos, es muy probable que tengamos dificultades para establecer con otros una relación afectiva. Adriana miraba la televisión y sentía cierta pena por una famosa que vendía sus problemas familiares ante la insaciable sed de drama de sus entrevistadores. ¿Por qué aireaba así su vida? ¿Por qué no tenían ninguna piedad y la culpabilizaban de todo lo que le había ocurrido? Aquella noche, Adriana tuvo un mal sueño: veía cómo una persona, que podía ser ella, se encontraba atada a una camilla en una sala de operaciones. De repente, una bandada de buitres se posaban sobre su cuerpo y le clavaba los picos en el estómago.Al día siguiente fue a una sesión de psicoterapia y, al analizar el sueño, se dio cuenta que temía que, al acabar su tratamiento, volviera a sentirse vaciada internamente por los conflictos familiares que siempre le habían hecho daño. Se había sentido invadida durante mucho tiempo por ellos; sentía a su familia como una masa donde no se sabía dónde terminaba uno y comenzaba el otro. Un tío suyo, que vivía en su casa, se había metido en su cama cuando ella era una niña de 10 años y había tocado demasiado su cuerpo, por lo que siempre se había sentido culpable. Había confundido su responsabilidad en los hechos con la de su tío.Después de elaborar psicológicamente aquella situación, comprendió que esos encuentros habían destruido la posibilidad de que pudiera encontrarse bien, en un futuro, con una pareja. Sin embargo, también se dio cuenta de que ya nadie podría saquearla como antes, ya no se dejaría vapulear, como le hacían a la famosa que había visto en la tele. En el tratamiento había organizado su mundo interno, ya no tenía miedo de compartir su vida con alguien. Se sentía una mujer nueva, capaz de hacerse cargo de su vida y disfrutar de ella. En la intimidad de aquel consultorio donde se había sentido respetada, se había hecho fuerte, reconociendo todas sus debilidades, aceptando el origen de sus miedos. Había aprendido a quererse, a cuidarse, a comprenderse y también a perdonarse. Algunas fantasías que tenía sobre sí misma impedían que se acercara a los otros, no podía sentirse cerca de nadie. Ahora, tenía intimidad.