2006-01-04 10:39:21 Por: Redacción

El impulso de controlar

El impulso de controlar

El impulso de controlar

El impulso de controlar

A María siempre le gustaron los tímidos. De hecho, se enamoró de Javier, un chico que apenas se atrevía a mirarla. Cuando ella le decía algo, él se ponía nervioso, hasta que un día decidió pasar directamente a la acción y le pidió una cita.Hoy llevan 10 años juntos y su convivencia ha tenido conflictos que siempre han sabido resolver porque se complementan psicológicamente. Cada uno encuentra en el otro lo que necesita para satisfacer sus deseos más profundos.María se sintió atraída por la timidez de Javier porque esa característica de él le hacía a ella sentirse más segura. Para ella, él era hasta cierto punto dominable y no dominante.El deseo de controlar a un hombre era muy fuerte en ella, pues había tenido que soportar a unos hermanos y a un padre que siempre la trataban como a una cría pequeña, en un intento de controlarla, para así huir de sus conflictos con la feminidad.Ella siempre había querido sentirse fuerte y poderosa en las relaciones sentimentales. Con un tímido, que era lo opuesto a su padre y a sus hermanos, lo conseguiría. De este modo compensaba en alguna medida su historia infantil.EXIGENCIA SIN RECONOCIMIENTOJavier, por otro lado, se había sentido bastante desamparado por parte de su madre y ahora prefería estar junto a una mujer fuerte. De niño, había tenido que actuar con frecuencia como un adulto, sintiéndose demasiado exigido, pero poco reconocido, por lo que ejercer de fuerte le angustiaba, pues le recordaba su desamparo y su sensación de no hacer bien las cosas. De esta manera, Javier se sentía protegido por María y ella reconocida por él.En la relación con el otro sexo la timidez es la responsable de muchas de las dificultades para encontrar pareja. Esta timidez suele esconder el miedo al sexo opuesto. El tímido aspira a una perfección que no existe. Pero como no puede soportar esa carencia, se retira para que el otro no se la señale.Este miedo a no ser perfecto le hace muy vulnerable, y es esta vulnerabilidad no aceptada lo que provoca un encanto que cautiva a aquéllos que prefieren estar con alguien aparentemente dominable, precisamente para no ser dominados. Así pues, todos huimos de los fallos, cuando es su aceptación lo que nos hace fuertes.

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