Nadie es perfecto

Nadie es perfecto

Nadie es perfecto

Aspirar a la perfección en cualquier orden de la vida es un noble anhelo. ¿Qué hay más admirable que el artesano que elabora su obra con parsimonia, que el pintor que se resiste a dar por terminado un lienzo hasta no quedar satisfecho del todo, que el trabajador organizado y meticuloso que pone la máxima atención en el último detalle? Plantearse metas exigentes incluso en situaciones o tareas donde bastaría salir del paso sin demasiadas contemplaciones dice mucho del sentido de la responsabilidad de quien lo hace. Vivimos una cultura de las prisas, de los resultados inmediatos y del éxito fácil que propicia la chapuza y cada vez deja más de lado el buen hacer.Pero el perfeccionismo es tanto una virtud como un problema que puede acabar suponiendo una pesada carga; una bendición y al mismo tiempo una maldición. Cuando alguien lleva hasta el extremo las dudas, las vacilaciones y las exigencias y el control sobre todo cuanto hace, lo más probable es que no solamente fracase en su empeño, sino que padezca las consecuencias de su actitud en forma de daño psicológico. Diversos estudios de especialistas concluyen en que los autocríticos implacables son más vulnerables al abatimiento e incluso a la depresión. Y, cuando son tratados, requieren una terapia más larga que otros pacientes debido a que los perfeccionistas ocultan sus problemas y no buscan ayuda hasta que no se encuentran en situación límite.¿Puede hacerse algo para evitar el exceso de exigencias con uno mismo? Se trata de una cuestión de hábitos, pero también de educación, y de ahí la dificultad para corregir unos rasgos de personalidad que suelen estar arraigados en lo más profundo. Una de las causas principales del perfeccionismo neurótico tiene su origen en la severidad de los padres que han formado al niño haciéndole creer que lo que hacen nunca es suficientemente bueno, que está obligados a sacar las notas más altas, que tiene que obtener los mejores resultados para ser merecedores de reconocimiento y de afecto.Así que detrás de muchos triunfadores puede estar la sombra biográfica de una criatura insegura, sin confianza en sí misma, sometida a las devastadoras presiones del qué dirán o del miedo al fracaso. No buscan la perfección empujados por el placer de lo bien hecho, sino por un estilo de pensamiento donde prima el temor a no estar a la altura. Cuando la búsqueda de la perfección lleva consigo una baja tolerancia al error y el sujeto no se concede el respiro del derecho a equivocarse o a tener un pequeño tropiezo siquiera, todo queda sobredimensionado. La más pequeña actividad exige una inversión desmesurada de energías, y cualquier contratiempo o revés es recibido como una catástrofe.Aunque el perfeccionismo es una forma de rigidez mental difícil de cambiar, sí es posible reconducirla mediante pequeños trucos que al menos no la conviertan en una pesada losa. Una de las fórmulas más eficaces consiste en fortalecer otras áreas de actividad donde no entren en juego las responsabilidades: permitirse pequeños placeres, practicar juegos o actividades físicas, desarrollar la extroversión… Bien es verdad que el perfeccionista redomado no deja de serlo ni cuando juega al parchís. Pero al menos, si actúa con inteligencia, puede descubrir que no pasa nada por tomarse muchas cosas con filosofía y, con un poco de suerte, trasladar esa actitud más relajada a su trabajo o a otras facetas más importantes de su vida«Quienes dejan de irritarse continuamente con el polvo que no han limpiado o con las patatas que no han cocido en su punto notarán que la vida es mucho más agradable», afirma Bertrand Russell en "La conquista de la felicidad". Para no sucumbir a los estragos del perfeccionismo vicioso, otra clave consiste en jerarquizar nuestras prioridades: qué cosas merecen verdaderamente la pena y cuáles carecen de importancia. Un exceso ocasional en la comida, un acto de impuntualidad, una corbata mal anudada a propósito, pueden servir de antídoto contra la manía perfeccionista porque nos sirven para comprobar que no ocurre nada por no ser perfecto de oficio. Por regla general, la mayoría de nuestras acciones pasan a los ojos de los demás bastante más inadvertidas de lo que creemos.