2008-12-09 11:47:47 Por: Redacción

Chicago, gran urbe

La trayectoria del presidente de EE. UU. no se entendería sin conocer esta ciudad.

Chicago, gran urbe

Chicago, gran urbe

Algunos metros –y el de Chicago es uno de ellos– sirven para recorrer el mundo. Casi todos –y el de Chicago no es una excepción– iluminan los túneles de la lucha de clases. Para llegar al corazón del South Side, la sexta parte de la metrópolis junto al lago Michigan, el barrio que sirve de contraste, por su mala fama, al Loop (donde el río que da nombre a la ciudad y los rascacielos que repasan el quién es quién de la vanguardia arquitectónica del sigo XX), nada mejor que el interclasista ‘subway’, rápido y barato, que además aflora como un gusano ávido de luz al llegar a las primeras coronas urbanas.Sírvase de la línea roja en dirección a la calle 95, donde muere, y que durante buena parte de su trazado corre en paralelo a la carretera que se interna en el sur, que baja hacia Indiana y que anuncia Memphis, la ciudad donde fue abatido a tiros en un motel convertido hoy en patrimonio histórico estadounidense Martin Luther King Junior. Una antorcha política y ética para Barack Obama, el imán que nos lleva de regreso a este South Side, en concreto a Hyde Park, uno de los distritos más amables del bronco sur de Chicago, donde la familia Obama ha vivido desde que el joven licenciado conoció a Michelle, una verdadera descendiente de esclavos, afro-americana e hija del barrio en el que el nuevo presidente de EE. UU. se curtió como hombre y como político, haciendo labor social como dirigente comunitario.Como señalan sus biógrafos más tempranos, «Obama no cambió el South Side ni logró que reabrieran las empresas que habían cerrado enviando a muchos miles de vecinos a la calle, pero el South Side cambió a Obama para siempre». Pero volvamos al metro, que en cuanto abandona el perímetro del Loop empieza a perder su mayoría blanca y la elegancia de los atuendos. Hay que bajarse unas cuantas estaciones antes del final, en Garfield, atravesar la calle y esperar al autobús número 55, el que baja hasta Hyde Park y Kenwood. En la parada ya comprobamos sin mayores indagaciones ni pesquisas que el blanco es una excepción, o en todo caso que la mayoría de los pocos blancos son hispanos. Al igual que el metro es una cala en la pirámide social, también lo es el autobús. Mientras que Garfield y sus inmediaciones son sombrías, con casas de aspecto siniestro, viviendas sociales en muchos casos con las ventanas condenadas por mamparas de madera y tablones, con dinteles ennegrecidos por el humo, gasolineras, sombras ominosas, a medida que el autobús se acerca a Hyde Park aumenta el número de zonas verdes, empieza a salpimentarse la pigmentación del pasaje, y la calidad de las edificaciones mejora a ojos vista.Bajamos en Kenwood, una de esas largas calles de la clase media alta americana, con árboles a los lados, edificios de dos y tres pisos, con luz de ámbar en las ventanas, grajos anunciando obsequiosos e inquietantes el final del día y madres que pasean con sus hijos de la mano. Una joven atleta de piel de leche se niega a dar la información que se le pide amablemente: «Sí, sé dónde vive la familia Obama, pero no puedo decírselo. Lo siento». Es como si tras el triunfo del candidado negro, o más bien mulato, algunos de los que contribuyeron a su victoria, como esta joven corredora, se hubieran echado sobre los hombros la tarea extra de protegerle.

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