Tánger, mirando al Estrecho

Tánger, mirando al Estrecho

Tánger, mirando al Estrecho

Todavía existe un Tánger fascinante, el que desciende desde la medina hasta el Boulevard Louis Pasteur, el de los cafés atestados de clientes que miran sin ver el tráfico incesante, los fonducs convertidos en bazares donde es posible encontrar desde bidones de aceite de argán y coranes con tapas de latón hasta fósiles del Atlas; un Tánger que habla francés, aunque viva asomado al Estrecho donde se deslizan entre la niebla mercantes y petroleros que ponen rumbo a Algeciras o Estambul. Una ciudad de artistas, desde Delacroix hasta Truman Capote, de Goytisolo a Borroughs, cautivados todos por un mundo que desde fuera recuerda el café Rick?s de Casablanca y que Paul Bowles definió como «una alhaja cuya montura es muy superior a la piedra; como si el cielo, el mar y las montañas fueran los de siempre, aunque ya no puedan por más tiempo camuflar una ciudad que resulta más improvisada, caótica y vil».El recorrido puede muy bien empezar por el cementerio anglicano de Saint Andrews, donde emergen entre zarzas y macizos de buganvillas las tumbas de corresponsales extranjeros y de pilotos de la RAF. Los gatos parecen haberse adueñado del lugar y maúllan desde las lápidas, atrincherados en esta pequeña isla rodeada de un tráfico incesante, ruidoso, envuelto en el humo de los tubos de escape, que no respeta pasos de cebra ni semáforos. Basta con echar una ojeada alrededor para ver «los coches veloces, los años feroces», que transportan a una canción de Miguel Ríos.
No se puede abandonar Tánger sin visitar dos mitos de vivos de la ciudad. Uno es la librería des Colonnes, en la Avenida Pasteur, que, como ocurre con tantos rincones aquí, ha conocido tiempos mejores. Conforme Tánger va quedando atrás, la carretera se adentra en un país salpicado de olivos, rebaños y legiones de desocupados. Los carteles empiezan entonces a marcar la dirección de Tetuán, la que fuera capital del Protectorado español, a 50 kilómetros. Tetuán es una de esas sorpresas agradables que uno no sospecha encontrar cuando inicia el viaje y que espera agazapada en la carretera.