Berna, la capital tranquila

Berna, la capital tranquila

Cuando llega el buen tiempo a la capital de Suiza, el deshielo descubre un paisaje alpino que transmite belleza, serenidad y admiración en una ciudad que parece surgir del bosqueHay algunos raros lugares en los que parece que el tiempo se haya sentado tranquilamente a tomarse un respiro. Y no es que no transcurra, sino que lo hace de manera más lenta y lo impregna todo de una tranquilidad -que no indolencia- que seduce provocando sensaciones de paz y bienestar e invita a la contemplación.Uno de estos apacibles y afortunados lugares es Berna, la capital administrativa de Suiza, un ejemplo perfecto de arquitectura y urbanismo integrados al 100 por cien en el paisaje. Al contemplar Berna por primera vez se diría que la ciudad ha brotado de la tierra de la misma forma que los árboles que la rodean; y las casas, los edificios, han crecido poco a poco de la misma manera que crecen las setas alrededor de los árboles en el lecho del bosque. Esta ciudad encantada es una mezcla armónica del verde del bosque, el tajo turquesa del Aare, el río que blandamente se desliza por la capital, y el rojo amarronado de los tejados de sus casas.Otro atractivo de esta peculiar ciudad es el aroma a cuento infantil que se respira en las calles que forman el casco viejo. Un paseo por los limpios y sombríos soportales de la ciudad o por las callejas desordenadas, a veces laberínticas, de ese centro urbano, trae a la memoria esos escenarios de los hermanos Grimm donde uno espera encontrar a una anciana sentada ante la rueca, con un huso en la mano, dispuesta a embrujar a la primera joven que traspase el umbral.Puertas de maderas oscuras, vigas que se entrecruzan sobre las fachadas de los edificios y esos tejados de piedra lisa y ángulo imposible que evoca la presencia de la nieve alpina invernal, terminan de dar esa impresión de cuento medieval, de castillo encantado, diametralmente diferente al aspecto arquitectónico y organizativo del urbanismo medieval español. Este pacífico escenario, sin embargo, es el marco para una población activa, eficiente, y hospitalaria que llena de vida las calles de la ciudad.Es imperdonable viajar a Berna y no detenerse a tomar un café en una terraza de la Kornhausplatz (Plaza del almacén de cereales). Este lugar, auténtico centro comercial y de comunicaciones del casco antiguo de Berna es parada obligada ya que en el centro de esta antigua plaza destaca la fuente del Kindlifresser (El comeniños).Este curioso nombre se debe a que el motivo central de esta fuente pública es, precisamente, una especie de ogro policromado comiéndose a ocho niños, que con caras despavoridas aguardan aterrorizados su negro final. No está claro el porqué ni los motivos de este chocante motivo ornamental, pero, en una ciudad de cuento de hadas, como Berna, realmente no es algo que no deba esperarse.En el jardín de rosasY para terminar, un consejo: comer en Berna no es un problema, la cocina suizo-alemana es apetitosa, exquisita y nutritiva, pero es obligatorio si se va a Berna parar a comer en el restaurante Rosengarten (jardín de rosas) que, además de una cocina moderna, exquisita y de calidad ofrece el atractivo de sus inmensos jardines con una increíble variedad de rosas cultivadas y su localización, en medio de una agradabilísima arboleda sobre una colina desde la que hay una extraordinaria panorámica sobre la ciudad de los cuentos.

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