El encanto del Peloponeso

El encanto del Peloponeso

Los perfiles de Grecia son tan accidentados como su historia. En este país de costas sinuosas e innumerables islas, hasta los paisajes de tierra adentro reflejan los olores y colores de un mar siempre presente.Para viajar por el Peloponeso, los cuatro dedos de la península más meridional de Grecia, hay que ir con un mapa, salvo que se quiera perder el norte en los repliegues de sus carreteras accidentadas, poco concurridas y siempre evocadoras.Corinto, la puerta de entrada al Peloponeso, era en la época arcaica una ciudad próspera. Sus habitantes cultivaban uvas, fabricaban ánforas y embarcaciones. Además, comerciaban con el grano de Sicilia, los papiros de Egipto y el incienso, la púrpura y los dátiles de Oriente. Ya en el siglo XIX se abrió el estrecho canal de paredes verticales que cruzaban a ritmo lento los barcos que iban del golfo de Corinto al de Salamina.Conquistadores y gentes de paso de oriente y occidente han dejado su huella en la Arcadia montañosa y exuberante, en las llanuras cubiertas de olivos y viñas de la Argólida, han construido ciudades y monasterios entre los riscos de piedra y en los recodos de las costas de Laconia, y levantado fuertes para defenderse de otros aspirantes a ocupar las colinas de Mesenia.Rodeada de un circo de montañas peladas, aparece Micenas. Por muchas veces que se haya visto la imagen de la Puerta de los Leones, es imposible evitar sobrecogerse ante esos inmensos bloques de piedra que más de 3.500 años han redondeado, o bajo las bóvedas circulares de las tumbas de Agamenón, de Clitemnestra y de otros protagonistas de la Iliada y de las tragedias griegas.El teatro de Epidauro, donde se representaron todas estas historias, ocupa un lugar majestuoso. Desde lo alto del graderío se puede oír el ruido de un papel rasgado abajo, en la escena, en una de las demostraciones clásicas que hacen los guías sobre la acústica del lugar.

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