Logroño, de la mano del Ebro

Logroño, de la mano del Ebro

Un vado ajetreado y un asedio francés. Peregrinos, tal vez el último botero y un xilófono callejero. Sarmientos, cuatro puentes y una atalaya singular. El Ebro, lector, es una caja de sorpresas. Y por ello, Logroño rinde a su cauce pleitesía secular: al fin y al cabo, sus aguas atesoran el pasado y el porvenir de la ciudad. La vera del río supone, por tanto, una ruta imprescindible para explorar la capital riojana. El caminante debe estar avisado: el periplo entrevera historia, costumbre y carácter. El punto de partida es un mirador escalonado ubicado en el umbral del Parque del Ebro, en la orilla derecha, entre el moderno puente de Sagasta, conocido como cuarto puente, y la pasarela.Destacan los matices verdes, anaranjados y marrones. Aquí descubrimos que la ribera conforma un kilométrico parque hilvanado por paseos arbolados. Y frente a nuestros ojos, el puente de Sagasta, un viaducto atirantado diseñado por Javier Manterola, y el meollo urbano, rematado por los perfiles aristados de las torres catedralicias, la aguja octogonal de la iglesia de Palacio y el torreón romo de Santiago. Cabe la posibilidad de que, a la altura de la pasarela, nos sorprenda el crepitar de los sarmientos. El sonido procede de El Rincón de Julio, tal vez el único restaurante capitalino que asa las chuletillas sobre ascuas de sarmiento. El parque se ensancha y arrecia el ajetreo al llegar a la terraza del restaurante Parque del Ebro, donde aprovechamos para echar una mirada a la historia. Las huestes franco-navarras coman­dadas por el señor de Asparrot y conde de Foix sitiaron en 1521 la ciudad amurallada de Logroño. La incorporación de Navarra a la Corona de Castilla y la figura del Carlos I habían suscitado belicosidades. Habla la tradición de episodios heroicos y furtivas elusiones del cerco galo para poder pescar en el río.La memoria del asedio ha quedado vinculada a la Muralla del Revellín, situada a unos pasos del parque. Con­serva el foso que guarnece la Puerta del Camino. El águila bicéfala del monarca y dos escudos de Logroño, ornados con las flores de lis concedidas en reconocimiento de la resistencia local, presiden el único acceso a la antigua villa que resiste en pie. No es posible en esta época visitar el Revellín sin sucumbir a los aromas de la churrería La Perla. Hace veintidós años que Lucio y Mari Carmen instalan su fogón itinerante con los primeros fríos en la Fuente de Murrieta. Conviene recuperar el aliento porque llegamos al paseo de entrepuentes, la vertiente ribereña del casco histórico, donde volvemos a mirar al pasado.En 1880, mientras se rehabilitaba el entonces único puente de la ciudad, el de Piedra, quebrado por las riadas y las contiendas, una barcaza zozobró y murieron noventa soldados. La tragedia impulsó la construcción del Puente de Hierro. El primero supone la prolongación de la calle Sagasta, que acoge el taller de Félix Barbero, único botero de la ribera del Ebro. El artesano representa la cuarta generación de una estirpe consagrada a un oficio olvidado: la elaboración de botas de vino. Poco más allá, surge la silueta sobria del Electra Rioja Gran Casino, que mezcla con frescura juego, cultura y gastronomía. En lides culinarias y otra vez a la vera del Ebro, destaca la Sidrería de San Gregorio y su bacalao con pimiento verde.Seguimos. Cuentan que la bailaora Carmen Amaya actuó en la Casa Blanca. El presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt, seducido por su duende gitano, le regaló un traje bordado en plata. La prenda se conserva en la Casa de la Danza, firme adalid del arte que la nomina. Enfrente se divisa la fábrica de la Casa de las Ciencias, que otrora acogió el matadero municipal. El nombre es, sin duda, adecuado para una institución dedicada a la divulgación científica. En torno al edificio, se despliega un enorme parque de sorprendentes juegos didácticos: un xilófono gigante, el reloj de sol o los conductos del eco. La Casa de las Ciencias linda con el Puente de Piedra. Afirma la tradición que fue construido por San Juan de Ortega en un remoto vado natural del río. Por cierto, uno que dio nombre a la ciudad: ?Logroño?, dicen, procede de la expresión celta ?illo gronio?, que significa ?el vado?. Este viaducto franquea el paso a los peregrinos del Camino de Santiago.La margen del río nos aboca al Parque de La Ribera, flanqueado por el coso taurino, cubierto y semejante al vitoriano, y el Palacio de Congresos Riojaforum, minimalista y aristado. Entre ambos, al calor del lago, campan a sus anchas cocodrilos de madera y un barco pirata. Señorea el color verde para solaz de familias y paseantes. El término de la ruta, como la parti­da, tiene lugar en altura. Una escalinata breve conduce a la atalaya. El poniente es terreno conocido y el naciente acoge el Parque del Iregua, prórroga de la senda ribereña. El monte Cantabria, mirador exquisito y cronista capitalino, domina el sur. El norte es la ciudad. La decisión concierne al caminante.

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