Silencio y palmeras en Fuerteventura

Silencio y palmeras en Fuerteventura

En el corazón de la isla canaria más próxima a África se arrellana la primera ciudad fundada por los europeos en el archipiélago, la villa de Santa María de Betancuria, que debe su nombre al conquistador normando del siglo XV Jean de Bethencourt.Hoy es un lugar que rezuma serenidad. Cuando los últimos turistas abandonan la localidad, las campanas de la iglesia se hacen más notorias y sus blancos muros más imponentes.El paisaje de esta villa es, como el de toda Fuerteventura, árido, despejado y ocre. Todo un alarde de exotismo para los ojos del viajero occidental. A ello contribuye de forma especial el palmar que salpica el valle, reducto de lo que en otro tiempo fuera un tupido bosque de palmeras y tarajales.En el templo de Santa María de Betancuria destacan un bello artesonado mudéjar policromado con exuberantes reflejos dorados; el púlpito, también pintado y decorado, y el coro, con una llamativa balaustrada en su parte alta.También hay que visitar las ruinas del convento de San Buenaventura, la ermita de San Diego, del siglo XVII, el museo de Arte Sacro y el Arqueológico y Etnográfico, en el que existen dos salas dedicadas a la cultura de los majos, aborígenes de Fuerteventura.Se puede dormir y comer en el restaurante y museo Casa Santa María (telf.: 928 87 82 82). Los platos pertenecen a la tradicional cocina canaria, especializada en pescados y quesos elaborados con leche de cabra.

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