Groenlandia, temperatura extrema

Groenlandia, temperatura extrema

Groenlandia, temperatura extrema

El expedicionario Robert Edwin Peary anotó en su diario el 6 de abril de 1909 la cita que sigue: «¡El polo, por fin! El objetivo de tres siglos, mi sueño y mi ambición durante veintitrés años. Mío por fin». Había alcanzado ?al menos eso creía él? una meta por la que muchos otros antes (John Franklin, Elisha Kent Kane, Fridtjof Nansen, Wellman, Wally Herbet) empeñaron sus recursos e, incluso, la vida. Desacreditada su conquista, ésta fue realizada cuatro décadas después por un equipo liderado por Alexander Kuznetsov ?enviado por Stalin?. En 1969, el explorador británico Wally Herbert se atribuía el mérito de alcanzar el Polo Norte a pie (los anteriores llegaron en avioneta).Ha pasado un siglo y medio de aquella fiebre por conquistar el punto más septentrional del planeta, atravesando para ello las tierras y hielos de Groenlandia. Y esta fiebre parece haber rebrotado en los últimos años, alimentada por la existencia de importantes recursos naturales ?gas y petróleo?, pero también por ser una de las víctimas del calentamiento global. Sentenciada por los científicos a sufrir una fuerte transformación a consecuencia de un deshielo acelerado, Groenlandia (conquistada en el año 982 por Eric el Rojo, y que después de varios cambios de manos depende en la actualidad de Dinamarca, aunque goza de gran autonomía) se ha convertido en la gran atracción para un turismo ávido de aventuras que no quiere dejar de contemplar uno de los paisajes más bellos del planeta.Los reclamos para apuntarse a este tipo de viajes no pueden ser más atractivos: focas, ballenas, banquisas (conjunto de placas de hielo flotantes), icebergs, auroras boreales, glaciares, convivencia con los inuits, el silencio…Esto último es quizá lo más difícil de alcanzar. La causa: lo nutrido de los grupos que viajan hasta allí, y que este verano se han incrementado de manera notable, aunque no así la logística de un lugar cuyas infraestructuras son bastante limitadas. Algo que, sin lugar a dudas, forma parte de su atractivo pero que, por desgracia, también parece en peligro de extinción ?está previsto que las oficinas de turismo local potencien su oferta frente a los paquetes internacionales, entre los que España se ha convertido en el país con mayor presencia, hasta el punto de que la información de estas oficinas se publicará en castellano, además de en groenlandés, danés e inglés?. Según unos datos publicados recientemente, las expectivas generales de turismo para este año apuntaban la llegada de 30.000 visitantes. Un dato revelador si se tiene en cuenta que la población de Groenlandia asciende a tan sólo 56.000 personas.Pero el silencio también desaparece por otras causas más loables. Lo hace soterrado por los espectaculares sonidos de la naturaleza. Las bandadas de gaviotas se convierten en un escandaloso coro que sirve de preludio al sonido provocado por el deshielo y desmoronamiento de los glaciares. Lenguas de hielo que se convierten en una prolongación del Inlandis (un enorme desierto helado que se extiende 2.500 kilómetros de norte a sur, y mil kilómetros de este a oeste, alcanzando un espesor de hasta 3.000 metros, lo que le convierte en la superficie glacial más grande después de la Antártida).Sus derrumbes, externos e internos, que sonoramente se pueden asimilar a los truenos de una tormenta, no cesan ni de día ni de noche. Pero el caos también deja paso a la calma y a otros matices, como el sonido del discurrir de los ríos que fluyen en el corazón del Inlandis. El agua, en todas sus formas ?sólida, líquida y gaseosa (la niebla hace acto de presencia con tanta rapidez como desaparece)? se manifiesta como la gran protagonista de este cuadro donde predominan los colores blanco y azul (aunque su nombre, Greenland, signifique «tierra verde»), convertidos en símbolos (las iglesias luteranas están decoradas con ellos).Estos mismos colores son los primeros que capta la retina del viajero ?si tiene la suerte de contar con un día despejado? poco antes de aterrizar en el aeropuerto de Nasarsuaq, punto de partida de muchas de estas expediciones de aventureros urbanos. Desde este punto comienza un itinerario que se desarrollará a lo largo de los numerosos fiordos ?en barco o kayak?, contemplando a lo lejos las cabezas emergentes de las focas, mientras el avistamiento de ballenas es casi anecdótico, ya que estos cetáceos se han alejado en busca de aguas más frías; y por tierra ?trekking?, donde se pueden contemplar caribús (renos) y liebres polares, entre otros animales. El recorrido pasará por poblaciones como Nanortaliq (donde se encuentra la primera fuente construida en la isla) y Narsaq; recalará en los espectaculares fiordos de Tassermiut, después de hacer una parada en las termas de la isla de Unartoq, y Qaleragdlit, donde se encuentra el impresionante glaciar ?venido a menos? del mismo nombre.Clima extremoEs en estos dos últimos puntos donde se produce la verdadera comunión con la naturaleza, pues son lugares aislados a los que sólo se puede acceder por barco. No disponen de ningún tipo de infraestructura ?hotel, albergue?, sólo de un campamento de pequeñas tiendas que deberán resistir al frío, la lluvia y el viento. Tres elementos que determinarán el curso del viaje, pues impedirán la salida de barcos y aviones; y por consiguiente, modificarán la «agenda» del viajero, obligándole a convivir de manera más sosegada con sus anfitriones, los inuits, habitantes de estos pequeños pueblos de casas multicolores construidas con madera, siempre preparados para entablar conversación con quien se preste, chapurreando un poquito de inglés.Si la suerte acompaña, se puede disfrutar de las auroras boreales, un fenómeno espectacular ?quizá el más codiciado por el viajero? que se produce cerca de los polos magnéticos (Norte o Sur), creándose en el cielo fantasmagóricas figuras, en distintos colores. Se suelen producir cuando la oscuridad es más profunda (preferentemente a partir de septiembre). En agosto, la fortuna nos acompañó y se pudieron contemplar desde el albergue de Nasarsuaq. Un broche de oro para una experiencia única que debe defenderse de la masificación, verdugo indiscutible de aventuras como ésta.