¿Estamos acostumbrados al dolor y sufrimiento? La respuesta es sí
Ya lo dice el título de esta pieza: ¿Estamos acostumbrados al dolor y sufrimiento? La respuesta es sí, pero más allá de eso, el porqué, qué razones tenemos para sentir tanto dolor y vivir con tanto sufrimiento.
Sin embargo, antes de todo eso: ¿Qué es dolor? ¿Qué es sufrimiento o qué significa sufrir para ti?
Comencemos por eso. Cada persona somos un individuo, a mí —aún cuando soy un ser tan egoísta— lo que más me duele es el dolor, la pesadumbre, la desolación de mi madre. Me duele el dolor y el sufrimiento de la persona que más amo y que más me ama.
Nos duelen las guerras llenos de panoramas y decisiones necias y obcecadas donde unos cientos deciden la vida de miles o millones. Entre ellos las de niñas, niños y ancianos.
También nos duelen los enfermen, pero no nos incomodan tanto porque no accionamos en favor de ellos… ¿cierto? Y en ese mismo tono los sin techo o homeless, los desvalidos, las madres solteras sin empleos, las injusticias de cada uno de nuestros países.
Pero no actuamos. Nos duelen, nos aquejan como sociedad pero no permean en nuestra pisque para accionar.
Sin embargo, cuando se trata del sufrimiento personal, familiar, que acecha la hermandad de los que amamos entonces ese sufrimiento se convierte en dolor.
¿Estamos acostumbrados al dolor y sufrimiento?
Sí. Pero, ¿por qué? ¿Por qué nuestro mecanismo de defensa y protección no se mueve o no logra moverse de ese dolor y sufrimiento?
Queremos movernos. Nadie estamos dispuestos a pasar por un dolor, sufrimiento o achaque eternamente. Pero, ¿sabes qué pasa? Que por momentos, nos hemos acostumbrado a ese sufrimiento, a esa pesadez de sentirnos atemorizados y abrumados por las circunstancias.
El ser humano queremos comodidad, sobre todo hoy en día, queremos luz, no nos gusta la oscuridad ni mucho menos el silencio. Las personas queremos apretar un botón y tener “todo”, con lo que signifique tener todo para cada uno.
Entonces la pesadumbre, el desconsuelo, la aflicción que nos llevan —solo algunas veces— a sentir sufrimiento, desesperanza y dolor, se apropian de nosotros y perduran muchas veces por tiempo ilimitado.
¿Estamos acostumbrados al dolor y sufrimiento? Sí. Pero porque hemos concedido ese poder a nuestro raciocinio. Porque cada día estamos llevando al presente la adversidad y la pesadumbre del pasado y llenos de zozobra nos esclavizamos en ese dolor que permea en nosotros.
No solamente es querer, anhelar que “algo” deje de doler, nos deje de ensombrecer. Es que hay que tomar manos a la obra y concientizarlo para poder trabajarlo.
El dolor y sufrimiento no son eternos
Por mucho que de manera consciente y —hasta— inconsciente nos hayamos acostumbrado al dolor y sufrimiento, una buena noticia es que no son para siempre.
Al concientizarnos sobre lo que nos está aquejando, no solo a manera de reflexión sino con la finalidad de buscar recursos profesionales y tener la disposición de afrontar esta depresión o ansiedad que nos provoca el dolor continúo o el sufrimiento constante, nos haremos cargo de nuestra salud mental.
Tomar acción y determinación de lo que sí podemos, y debemos, hacer para salir de esos nubarrones que oscurecen nuestras vidas de manera permisiva.
Le cedemos nuestro poder a la oscuridad cuando el sol es el ente más brillante, tomémoslo más allá de una analogía.
Y, siendo conscientes, de lo que nos ensombrece y oscurece, podemos buscar la sanación que nos acerque a la plenitud. A esos días que no sintamos más dolor ni desolación, donde hallemos razones para querer sentir la lucidez que debemos ser.
Nada sencillo, pero tampoco imposible
Buscar cómo y quién atienda nuestra salud mental depende solo de nosotras mismas. Las instituciones públicas en casi toda Latinoamérica tienen programas de salud pública con acceso para todes.
No podemos, ni debemos permitir vivir con un dolor permanente. No debemos dar consentimiento a lo —o las personas— que nos impide luir, brillar.
Dejemos de darle el poder a algo o alguien más que nos hace padecer sufrimiento y nos tiene opacas y apagadas. No permitamos que se adueñen de nosotras.
El dolor y el sufrimiento no es para siempre.
A mi madre con profundo amor.