Margarita Salas

Margarita Salas

Margarita Salas

Con casi 70 años, la bata puesta e interminables montones de papeles en su despacho, Margarita Salas sigue al pie del cañón. En el Centro de Biología Molecular Severo Ochoa, de la Universidad Autónoma de Madrid, continúa con un proyecto de investigación que inició hace 40 años, el del virus phi29, y dirige a 18 profesionales.Adelantada a su tiempo, necesitó mucha valentía, tesón y el apoyo de su marido, el también científico Eladio Viñuela ?"si he llegado donde estoy, se lo debo, en muy buena parte, a él", reconoce.A la postre, actuar de avanzadilla ha tenido su recompensa. Éstas son algunas de las picas que jalonan su currículum: primera mujer en la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, presidenta del Instituto de España y primera científica en la Real Academia Española.-Ha confesado que gracias a su marido, que abandonó el proyecto que compartían cuando volvieron a España, usted pudo ser reconocida. ¿Tan determinante fue su actitud?-Yo creo que sí, porque estamos hablando de los años sesenta y en aquella época la mujer tenía muy poca visibilidad. Dentro de nuestro grupo de investigación no teníamos ningún problema, pero con vistas a la sociedad científica, yo no era yo, era la mujer de Eladio.-No le respaldaban sus proyectos tanto como su matrimonio.-Exactamente. Empezamos aquí en 1967 trabajando en un tema conjunto en el que yo sigo, el virus phi29, y en 1970 mi marido, que quería que yo fuese independiente y tuviese mi propia personalidad científica, decidió iniciar un nuevo tema de investigación: el estudio del virus de la peste porcina africana. Y esto fue muy importante para mí, porque así podía demostrar a mis colegas si era capaz o no de llevar un proyecto de investigación sin tener a mi marido, porque se suponía que él era el que dirigía.-Los dos apostaron por su carrera. Incluso retrasó la maternidad para cumplir con sus expectativas.-Sí, tuve a mi hija a los 37 años, una cosa inusitada en aquella época. Yo era un bicho raro para todo el mundo. Ahora no choca que la mujer tenga un hijo a los 37, a los 40 o a los 42. Pero en aquella época sí. Yo me casé a los 24 años, cuando lo hacían las mujeres entonces, pero retrasé la maternidad porque quería una vida profesional plena, y sabía que si tenía familia iba a ser más difícil que me dedicase de lleno a la vida profesional.Sin grandes renuncias-¿Ha tenido que renunciar a muchas cosas por esta apuesta?-Yo creo que no. Por una parte, no he tenido que renunciar ni al matrimonio ni a la maternidad. Me he casado, he tenido una hija y he hecho lo que he querido, que es la investigación. Por otra parte, me gusta la música, el arte y otras cosas que puedo disfrutar los fines de semana. Claro que no estoy dedicada todo el día a los conciertos, las exposiciones o el cine, pero cuando tengo tiempo voy, y no siento que he tenido que dejar nada por ser científica.-Y no concibe la idea del retiro.-Por supuesto que no. Me faltan dos años para la jubilación obligatoria, pero en el Centro Superior de Investigaciones Científicas existe la figura del profesor "ad honorem", una figura puramente honoraria que te permite seguir trabajando -me parece que son tres años renovables por otros tres- y yo voy a seguir. Ya he dicho que me moriré con la bata puesta.-A la hora de enumerar las cualidades que caracterizan al buen investigador, los científicos insisten en el entusiasmo, la capacidad para asumir riesgos, la fantasía y las dotes de comunicación.-Efectivamente, hay que tener una gran dedicación y un gran entusiasmo. También hay que saber arriesgar, pero con control, no arriesgar hasta darse contra una pared y seguir empeñado en ello. Cuando un científico ha finalizado su período postdoctoral en el extranjero y vuelve a España, es muy importante elegir un buen tema de trabajo propio, porque va a ser clave para el resto de su vida científica. Hay que tener imaginación, curiosidad para hacerse preguntas, para ver más allá que los otros. Pero, por otra parte, y ésta es la cualidad que tenía Severo Ochoa, tener una gran rigurosidad, la imaginación no es incompatible con ser riguroso.-Usted que ha sido maestra de tantos, ¿qué recuerda de los suyos?-De Severo Ochoa, primero lo que me enseñó, la biología molecular, que después pude desarrollar en España, y también su enorme rigurosidad en el trabajo, que yo trato de transmitir a mis doctorandos, la dedicación, el entusiasmo. Yo siempre les digo: "Si esto no te satisface y no estás dispuesto a dedicarte al cien por cien, no vale la pena", porque se sufren también muchas frustraciones. La investigación no es un camino de rosas, la mayoría de las veces las cosas no salen como uno espera.-Intuyo que a veces le toca motivar a su equipo. ¿Cómo debe actuar el líder en el laboratorio?-Claro, hay veces que la gente se desanima: "que esto no sale…", y también tienes que ser un poco psicóloga para animar. No siempre las cosas salen como uno prevé. Muchas veces hay que explorar nuevos caminos, buscar las vueltas, pero si uno trabaja con constancia y perseverancia, las cosas salen. El líder tiene que tener capacidad de entusiasmo y transmitirla. En ocasiones hay que dar fuerza a la gente, hay que motivar y ser un poco psicólogo.-Cuando volvieron de Estados Unidos, ¿intentaron hacer una réplica del modo de trabajo de allí?-Sí, el trabajo americano es fuerte, competitivo, hay que comunicar, relacionarse, salir al extranjero y estar continuamente en contacto con el mundo exterior, uno no puede quedarse en su laboratorio. Pueden hacerse muy buenas publicaciones, y lo intentamos, pero también es muy importante hablar y poner cara a los investigadores, que te conozcan personalmente.-¿Ha sido difícil romper barreras y abrir puertas?-Cuando en el año 2005 me dieron la Medalla de Oro al Mérito al Trabajo, me llamó el ministro para preguntarme si aceptaba la medalla y me dijo: "Además me viene muy bien porque eres mujer". A lo que yo contesté: "Espero que no me la deis por eso". Él me dijo que no, pero yo le respondí que si me la daban por el hecho de ser mujer, no la quería.